Anderson Huayna Castro, estudiante de la UNALM
“Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida.
Dejar de lado todo lo que no fuera la vida para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido"
Walt Witman
Son muy conocidas aquellas expresiones en las que se efectúa una extrapolación mundial de los niveles de consumo y estilos de vida de los países llamados “desarrollados”, arrojando resultados preocupantes, que necesitaríamos tres o cinco planetas en algunos casos, para mantener a la población mundial con un nivel de vida homogéneo especifico de determinado país.
Pero por ahora solo tenemos uno, entonces cabria cuestionarnos y analizar que sucede en realidad con el consumo de los recursos y la distribución de estos, y como estas particularidades del tipo de modelo de desarrollo contribuye a zanjar grandes brechas económicas y sociales.
A fines del siglo pasado los señores Mathis Wackernagel y William Rees desarrollaron una metodología comparativa de la cantidad de recursos necesarios así como la generación de desechos para mantener un estilo de vida específica de cierta región, llamada la “Huella Ecológica”. Definida como:
“El área de territorio biológicamente productivo (cultivos, pastos, bosques o ecosistema acuático) necesaria para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos por una población definida con un nivel de vida especifico indefinidamente, donde sea que se encuentre esta área” (Wackernagel y Rees 1996).
Para el cálculo de la huella se normalizan en función de su productividad los diferentes tipos de superficies biológicamente productivas en la misma unidad que es hectáreas globales per cápita.
Debe notarse que la definición indica que esta área dadora de recursos puede encontrarse en cualquier lugar del globo. Además se debe mencionar que cuando se importa o exporta un producto, también se esta intercambiando tanto la energía y el agua requerida en el proceso de elaboración de dicho producto.
Desde el punto de vista de la sostenibilidad local, la huella ecológica de los habitantes de un territorio no debería ser superior a la biocapacidad disponible de su territorio (la biocapacidad disponible, en términos de la metodología de la huella ecológica, hace referencia al consumo per capita máximo que es posible sostener una superficie sin alterar su productividad en forma permanente). Desde una óptica global, la huella ecológica de los habitantes de un territorio no debería ser superior a la biocapacidad disponible para cada habitante del planeta (1.9 hectáreas globales per cápita).
Sin embargo países como Dinamarca con 6.58 gha (equivalente a 3.5 planetas necesarios en caso de mantener el mismo nivel de consumo y estilo de vida a nivel mundial), Francia con 5.26 gha, Portugal 4.66 gha por mencionar algunos superan la biocapacidad. Esto tiene sus consecuencias y básicamente son dos:
Inequidad intergeneracional, la huella ecológica de un habitante medio del planeta (2.28 gha), es superior a la biocapacidad de que se dispone (1.9 gha). Este déficit ecológico a escala global implica que la generación actual esta consumiendo recursos de generaciones futuras.
Inequidad intrageneracional, 4 062 millones de personas tienen una huella ecológica inferior a la biocapacidad disponible del planeta (países con superávit ecológico), mientras que 1 899 millones de personas (países con déficit ecológico) superan esta cifra. Esto supone que estos últimos están apropiándose de recursos de los primeros.
La primera inequidad es incompatible con la retórica que hoy se maneja, con respecto al desarrollo sostenible que no es otra cosa que la capacidad para satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades. Es incompatible mientras se siga viendo al planeta como suministro inagotable de recursos y sumidero de nuestros desechos que va de la mano con esta lógica actual de incentivos al consumismo y a la creación de necesidades ficticias. Sin detenerse un momento en las consecuencias que generan nuestras acciones.
La segunda inequidad quizás no mas grave pero si alarmante, da luces de las grandes diferencias económicas actuales. Es claro que teniendo una cantidad especifica de recursos disponibles y si algunos exceden el promedio deberá de haber otros necesariamente que estén por debajo de estos niveles.
¿Entonces que se esta pretendiendo como país?, seguimos recetas de formas y caminos que nos lleven a esa promesa del retórico chorreo económico, siguiendo o quizás solamente obedeciendo los lineamientos económicos de aquellos países que hoy presentan un gran déficit ecológico, que se traduce literalmente en un crimen con las generaciones venideras así como el respaldo a las grandes desigualdades sociales económicas que hoy existen. Y de resultar llegar al “desarrollo” de esa forma nos volvería cómplices de este atentado contra la tierra, la humanidad y demás millones de especias que la alberga.
Es cierto que el país debe encontrar un derrotero pero este debe ser el resultado de una búsqueda creativa, integradora, inclusiva, en la cual nuestras diferencias culturales no tienen por que dividirnos sino mas bien sumar. Es un reto comenzar a darle forma aquello que Jorge Basadre dejo entre líneas y lo denomino la “Promesa de la Vida Peruana”, y en su búsqueda no debemos conformarnos con ser simplemente al coro anónimo del drama, sino mas bien cuestionar y proponer formas de vida que realmente puedan tener la denominación de sostenibilidad.
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* Los artículos reflejan la opinión de sus autores y no necesariamente coinciden con la de Alerta Perú ni Forum Solidaridad Perú.
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